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por: María Teresa Linares Tras
el Descubrimiento y Colonización, el asentamiento de la cultura hispánica
en las Américas enfrentó y conjugó a las distintas culturas americanas,
a las étnias africanas que se trajeron esclavizadas posteriormente, y
a las demás migraciones de
Europa, produciendo, desde el primer instante un acelerado proceso de
transculturación. La
integración de la cultura cubana mediante y como consecuencia de tal proceso,
debió contar con elementos constitutivos de la cultura espiritual y material
de los pueblos concurrentes en este choque o encuentro, lo que trajo como
resultado un nuevo producto
cultural que pronto fue identificado y denominado, como criollo,
como “de Cuba” señalando su identidad y así en distinción de cualquiera
de las culturas antecedentes. Juan
López de Velasco llamó criollo,
a la diferencia de los españoles nacidos en la península y dijo:
“Las personas que nacen de ellos (en América) que llaman criollos
y en todo son tenidos y habidos por españoles, conocidamente salen ya
diferenciados en el color.”[1] Fernando
Ortíz, al explicar su neologismo transculturación dice que “la verdadera
historia de Cuba es la de sus intrincadísimas transculturaciones. Primero
la del indio paleolítico al neolítico, y luego la desaparición de éste
por no acomodarse al impacto de la nueva cultura castellana. Después,
la transculturación de una corriente incesante de inmigrantes blancos,
españoles, pero de distintas culturas (...) de las sociedades ibéricas
peninsulares y trasplantadas al Nuevo Mundo, que para ellos fue todo nuevo
de naturaleza y de humanidad, donde tenían a su vez que reajustarse a
un nuevo sincretismo de culturas. Al mismo tiempo, la transculturación
de una continua chorrera humana de negros africanos, de razas y culturas
diversas, procedentes de todas las comarcas costeñas de Africa (...) y
todavía más culturas inmigratorias en oleadas esporádicas y de las más
varias oriundeces...” (Ortiz, Fernando, Contrapunteo
Cubano del tabaco y el azúcar, Consejo Nacional de Cultura, La Habana,
1963,ps 99-100)[2] En
los primeros años de la Conquista de América, estas culturas coincidentes
estuvieron incontaminadas, pero la necesidad de establecer una relación,
una comunicación entre los grupos humanos concurrentes --aborígenes, españoles,
negros de distintas étnias con diferentes idiomas y dialectos--, contribuyó
a que el castellano, idioma de dominación, sirviera de enlace para la
comunicación con la participación de todos. Este fue el primer
aporte cultural hispánico
transculturado. En
este proceso el castellano se enriqueció notablemente con el léxico, la
fonética, la prosodia --que incide en la musicalidad de nuestras formas
de expresión--, el ritmo oratórico y las curvas de entonación de otros
idiomas, teniendo en cuenta la manera en que los sonidos se agrupan o
relacionan entre sí dentro del decursar música-texto en nuestras formas
musicales. Por esto quizás Simón Rodríguez, el maestro del libertador
Simón Bolívar expresó: “Se habla, se pleitea, se reza y se tañe a la española,
pero no como en España” (cit
por Carpentier, op.cit)[3] La
fuerza percutiva de la división silábica y las curvas de entonación de
algunas lenguas africanas, así como el factor de duración de los sonidos,
son elementos prosódicos que integran las estructuras musicales que desde
antiguo fueron calificadas como cubanas. No se expresa igual un verso
octosilábico, una copla, en un canto de alguna región de
España que en un son oriental o una guaracha. A
través del proceso de transculturación ocurrido en los dos o tres primeros
siglos de coloniaje, el castellano que se habla en Cuba recibió e incorporó
curvas melódicas y acentos de las otras lenguas participantes en aquel
proceso, que contribuyeron, al expresar un canto, a distribuir las duraciones
en esquemas o estructuras rítmicas que caracterizaron, identificaron, muchos
de nuestros géneros musicales. Este
planteamiento se evidencia claramente en los cantos de tradición popular,
en los que se realizan a la vez por el mismo autor la melodía y el texto.
El creador popular tiene en cuenta,
a veces de modo inconsciente,
la relación entre los acentos de la música y el texto por la importancia
que reviste para él la expresión de un mensaje cuya comunicación es directa
entre el emisor y el receptor. En
las habaneras más antiguas que hemos recogido, que se enmarcan musicalmente
en la estructura de la guaracha, podremos observar como los textos coinciden
en sus acentos con los tiempos o partes de tiempo fuerte del compás, y
el aliento que lo impulsa termina la oración verbal con la estructura
rítmica de la frase. “En la sucesión de los versos, los períodos interiores
y de enlace, marcados por la reaparición a intervalos semejantes de los
apoyos del acento, se suceden regularmente a la manera de los compases
de una composición musical”, dice Tomás Navarro Tomás,
refiriéndose al período rítmico en poesía, pero veamos como se
comporta esta relación en dos ejemplos, de habanera y guaracha, que son
muy semejantes en sus inicios: Los
grupos étnicos africanos aunque tenían mayor desarrollo cultural, no pudieron
enfrentarse a la cultura del Renacimiento que traían los españoles, sino
asimilaron y adaptaron los instrumentos a sus formas de sonar, como sucedió
con los instrumentos de cuerda. Los negros libertos acogieron el “oficio
de músico” integrando orquestas al estilo europeo para lo cual aprendieron
la técnica de los instrumentos de la banda, con las que ejecutaban minuets, rigodones, lanceros y contradanzas.
Muchos esclavos caleseros llevaban en su carruaje un tiple, con el cual
ejecutaban el llanto --nombre
antiguo del punto cubano--,
zapateos y guarachas, como forma de integrarse a la música del grupo social en
que se desenvolvían, con los cuales desarrollaron formas propias de expresión.
Los tambores y demás instrumentos africanos quedaron para los rituales,
las fiestas de las dotaciones o los carnavales. De todo esto quedan evidencias
gráficas en los libros de los costumbristas del siglo XIX, Debemos tener en cuenta aquí otro aspecto de la distribución
temporal y acentual de la música cubana que se relaciona con los modos
de tañer los instrumentos de cuerda pulsada venidos de España: tiple,
guitarra, bandurria, los cuales formaron parte muy principal en el proceso
de transculturación, al estar vinculados a todos los grupos humanos que
conformaron nuestra nación, principalmente con el aporte del negro. Formas
de tañer: rasgueados, rayados, alzapúas, determinaron esquemas rítmicos
de los acompañamientos instrumentales en muchos estilos de canción. El
proceso acelerado de transculturación durante la conquista y colonización
que habíamos señalado antes, contó con el desarrollo agrícola como fuente
fundamental de la economía para lo cual se necesitaron más grupos de inmigrantes,
esclavos y colonizadores, que aumentaron la masa poblacional contribuyendo
a esta mezcla de elementos culturales musicales al relacionarse unos grupos
con otros en diferentes ambientes sociales, por lo que paulatinamente
la música adquirió nuevas expresiones y una fisonomía propia que marcó
su identidad, a la vez que se producían cambios en los instrumentos y
variaban las estructuras musicales. La música es uno de los rasgos culturales en los que se denotan
los primeros elementos nacionales. Desde el siglo XVIII se conocían en
España géneros musicales “venidos de América”, donde se distinguía su
americanidad. La chacona, la
zarabanda y la petenera
eran distinguidas en España como americanas y “de la Habana”. Pero a través
del siglo XVIII se consolidan una serie de danzas y cantos, y cuando a
fines del mismo se publican los primeros ejemplares del Papel Periódico de La Habana aparecen las noticias que nos sirven de fuente
histórica para elaborar algunas de nuestras hipótesis. Ya se conocían
en l762 cantos de décimas alusivas a la Toma de La Habana por los Ingleses,
y a fines del siglo, en 1794 se publica un anuncio de la “venta de un
órgano de cilindros”. En el mismo año se
reseña un baile oficial en
el que se ejecutan minués, contradanzas, rigodones y lanceros.
En 1798 un costumbrista, Buenaventura
Pascual Ferrer comentaba que había en La Habana unos cincuenta
bailes públicos cotidianos y menciona, además de los anteriores, zapateos, congós, boleras y guarachas. De manera que ya se podían
contar bailes nacionales profusamente utilizados. Evidentemente no existen
fronteras sociales ni temporales entre la presencia de los elementos musicales
europeos-- las danzas
reseñadas para un baile “oficial”--
y los ya “criollos” mencionados
antes para los
“bailes públicos”. El
desarrollo de la contradanza en el siglo XIX fue extraordinario. Cientos
de ellas se conservan en los archivos y muchas, que se mencionan en las
fuentes, se han perdido. Este auge se debió a la labor editorial que se
llevó a cabo por varias “casas de música” que importaban y editaban partituras:
Edelmann y Cia., Botella y Trespuentes y después los sucesores de Edelmann y
Anselmo López. Un
historiador español radicado en Cuba, casi medio siglo después de las
noticias antes citadas, planteaba: ...”Aunque se conocen en esta Isla
todos los bailes modernos, prepondera entre ellos, eclipsándolos, la irresistible
danza criolla, verdadera especialidad
cubana. No es otra cosa que
la antigua contradanza española (y la contradanza la llaman aún los músicos)
modificada por el clima cálido y voluptuoso de los trópicos. Su música
es de un estilo peculiar y tanto que quién no la ha oído a un iniciado
en vano intentará tocarla
aunque la tenga perfectamente escrita. Consta de dos partes, cada una
con ocho compases de dos por cuatro, formando con la repetición de aquellos
el número de 32; a cada ocho compases corresponde una figura en el baile,
las cuales son paseo, cadena, sostenido y cedazo. En las
dos primeras, música y baile tienen menos expresión y movimiento, como
si el alma y el cuerpo se
mostrasen reacios al placer; pero en el sostenido y cedazo, que corresponden
a la segunda parte de la música, esta es retozona y picante, ora triste,
ora alegre, siempre apasionada. Las parejas se mecen entonces con coquetería
encantadora, y bailan con el corazón tanto como con los pies” (García
de Arboleya, José, l859) A
esta descripción tan pintoresca, el autor agrega algo sumamente importante:
...”Nuestros músicos se pintan solos para componer danzas, lo que hacen
sobre temas de algunas óperas favoritas, de cantos inventados por el vulgo”,
es decir, canciones populares...”Y aún de los pregones
de vendedores y las canciones de los negros; de donde proviene
que la mayor parte de las danzas tengan nombres estrambóticos, tales como
Cascarilla de huevo, María la O, El obispo de Guinea y Dame
un besito, caramba!...” Estos nombres pudieran pertenecer a las guarachas utilizadas
como tema. Más adelante continúa García de Arboleya analizando la función
y ambiente social en el que se desarrolla: ...”Apenas se estrena una danza,
lo que sucede bien a menudo, aumentan con ella su repertorio los órganos
ambulantes, que la tocan por las calles día y noche, y entonces es de
ver cómo niños y niñas, hombres y mujeres, blancos y negros, se contonean
en las sillas o sobre los pies, midiendo cono éstos o por movimientos
de cabeza los compases, como arrastrados por un impulso majico (sic).
En fin, “La danza cubana, ha dicho un escritor, puede sentirse, no describirse
(...) La danza cubana hoy va siendo conocida en Europa: hoy se baila mucho
en Madrid, donde es distinguida con el nombre de la Habanera” Nos
detendremos momentáneamente a analizar este texto:. -En
l859 el autor consideraba preponderante
la irresistible danza criolla, verdadera especialidad cubana, que no es otra cosa que la antigua
contradanza española y aún se le llama contradanza por los músicos cubanos. -Destaca
que tiene un estilo peculiar, y que para ejecutarla hay que ser un iniciado,
es decir, hay algo en la interpretación que no se escribe, no aparece
en la partitura. -Tiene
una estructura cerrada de dos partes diferenciadas, cuadradas en ocho
compases de dos por cuatro, que se repiten. Esta estructura cerrada de
dos partes diferenciadas, cuadradas en ocho compases de dos por cuatro,
que se repite. Esta estructura puede corresponder exactamente a la de
las guarachas y otras cancioncillas que se cantan con una estructura melódica
silábica consecuente con las ocho sílabas de los versos de una cuarteta. -Señala
también la diferencia expresiva entre la primera y segunda parte, que
corresponde igualmente a la diferencia entre la primera y segunda parte
de una canción, en que cambia el aire, hay un mayor desarrollo melódico
con un clímax y un cierre cadencial
conclusivo en la segunda parte. -El
autor señala el auge de la danza y que pasan de inmediato a los
organillos ambulantes. Estos se conocieron desde fines del siglo
XXVIII hasta el primer cuarto del siglo XX, y fueron
los verdaderos portadores de la música popular de moda antes del
desarrollo del disco, incluyendo en su repertorio además las canciones,
arias de ópera y música de las zarzuelas españolas más conocidas. -Era
música para todas las clases sociales, que la disfrutaban lo mismo en
el salón burgués que en los parques y calles o en las casas humildes. -En
l859, dice el autor, la danza criolla ya se conoce en Europa y en Madrid
le dicen “la habanera”, es decir, son los españoles los que la califican
con el gentilicio con el que se le conoce hasta hoy. Todos
estos criterios nos llevan a considerar que el origen de la canción habanera
pudiera ser paralelo con el de la contradanza, como también pudo ser alguna
de aquellas canciones o “cantos inventados por el vulgo” ya que se conocen
muchas habaneras de autor anónimo, ya desconocido tras la cortina del
tiempo, que son tan sencillas que se adaptan perfectamente a la estructura
regular de las contradanzas. Como
dijimos antes, la estructura melódica corresponde sonido por sonido con
la estructura del octosílabo a diferencia de las canciones cultistas que
portan las vocales a través de bordaduras, grupetos y adornos de la melodía,
con versos de mayor número de sílabas, generalmente endecasílabas. Quizás
la habanera tuvo en su origen alguna vinculación con la guaracha, ya que
tienen en común una relación muy estrecha en la estructura formal y el
esquema metrorrítmico, diferenciándose sólo en el contenido del texto.
Quizás también ambas fueron los estilos de canción que pasaron a la contradanza,
por lo menos hay prolijos ejemplos de ambas que obviamente lo afirman. Como
hemos visto, la guaracha se cantaba ya a fines del siglo XVIII, principalmente
en las tandas del teatro bufo durante los intermedios. La primera compañía
de teatro cubano se fundó en l800, y se llamó de Cómicos
Havaneros. Las obras españolas
--tonadillas, sainetes--, fueron transculturándose paulatinamente
y asimilando, en obras cubanas
del mismo corte, la música y los personajes. propios de
su criollez. La guaracha, entonces, sustituyó la función de la
jácara . Pues
bien, las guarachas que aparecen editadas en partituras de las primeras
casas editoriales --Edelmann y Cia., calle de la Obrapía no. l2, Habana--,
unas veces las califican como canción,
otras como guarachas. Invariablemente identificadas como tales por su texto,
pueden compararse en el resto de sus características estructurales con
las habaneras tradicionales. Otro
tanto ocurre con las habaneras instrumentales, ejecutadas casi siempre
por las mismas orquestas que ejecutaban
danzas y danzones. El aire o tempo siempre fue más cadencioso y
lento que el de la danza o el danzón, y carece de montuno -- parte
que se le adiciona al danzón a principios del siglo XX. Aquellas
orquestas típicas, que se mencionan en toda la literatura decimonónica
constaban de dos violines, flauta de madera, dos clarinetes, un cornetín,
un trombón de pistones, un figle, un contrabajo, tímpani y güiro. Este
conjunto estaba bien equilibrado y permitía la ampliación o reducción
de sus integrantes, de manera que si venía una compañía de ópera o zarzuela,
podían tocar en el teatro. Se sabe que la orquesta del compositor Tomás
Buelta y Flores tocaba en la Catedral de La Habana y en la Casa de Beneficencia,
y además amenizaba bailes y participaba en el Teatro Tacón cuando era
necesario. Las
habaneras instrumentales ejecutadas
por tales orquestas en salones y casas de baile, pueden haber sido bailadas
por personas que las llevaron a España a su regreso y allí
--en Madrid, como dice García de Arboleya--, le dieron el nombre
de la habanera pasando a la función nominativa el gentilicio que
la calificaba. La
languidez y lentitud en la expresión de la habanera El amor en el baile,
que la historiadora cubana Zoila Lapique encontró en una antigua edición
en los fondos de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de La Habana, corroboran
la relación tan estrecha que pudieran tener la canción como tal y la danza
cantada. Esta
habanera, que se toma como inicial, fue publicada en el periódico bisemanal
La Prensa, el l3 de noviembre de l842.
La Dra. Lapique considera la importancia que tiene para la historia
de la música de Cuba por ser “... la primera pieza para voz y piano hallada
que en su acompañamiento rítmico presenta el esquema llamado posteriormente
de habanera, y que hasta ese momento estuvo reservado a la mayoría de
las contradanzas del país, también
denominadas en nuestra Isla contradanzas cubanas...” El propio
periódico la califica como “... una canción
enteramente habanera, que expresa todo el sentido abandono de los
trópicos, que sólo pintan con verdad la naturaleza y las voluptuosas danzas
en Cuba” . Suponemos
que el gusto por cantar estas canciones fue tan extendido como el de bailar
las contradanzas, y del mismo modo que éstas, las habaneras se fueron
conociendo en España, sobre todo en los puertos que comerciaban con La Habana.
Allí se les denominó de distintas maneras: danza habanera, danza
americana, tango --nombre
que en aquella época se le daba a los toques y bailes de negros--, o simplemente
habaneras. En
aquella etapa histórica, la música de los negros era discriminada y calificada
como “disparates musicales”. No se había integrado como tal a los ambientes
en los que participaban “criollos” negros y blancos. Pero los negros libertos
eran los músicos de la mayoría de los conjuntos instrumentales que participaban
en las fiestas oficiales, los bailes públicos, las funciones teatrales
y otras diversiones. Algunos
dueños de esclavos se interesaron en agrupar a estos negros músicos en
orquestas, para lo cual los alquilaban. “El negro liberto, desde su pobre
vida urbana, se fue ubicando en esta profesión de músico ejecutante, que
tenía un poco de juglaresca y trashumante, y mucho de pobremente remunerada,
por lo que fue poco codiciada por las demás clases sociales que iban discriminando
ya al guajiro como clase aparte. El negro se adiestró lo suficiente para
tocar los instrumentos europeos
y seguir rascando el calabazo o cabriolar en los parches de los
timbales, donde siempre se destacó” [León, Argeliers, Del Canto y el
Tiempo, Pueblo y Educación, La Habana,
1974]. Muchos de estos músicos fueron compositores de contradanzas,
canciones y guarachas. Otros fueron a estudiar a Europa y se distinguieron
por sus altas dotes musicales y sus composiciones de rasgos europeizantes. Pero,
“... el timbal de la orquesta no le quedaba muy lejos de sus tambores
africanos, y las baquetas
no fueron un mayor obstáculo para sustituir los variados recursos
técnicos que el negro tenía para tocar los tambores con las manos. El
guiro [el calabazo rascado] y el timbal, fueron las dos grandes puertas
que se abrieron para que se introdujeran los elementos rítmicos del negro
en la música que se hacía en esta Isla. [León, Ibid]. Por
esta puerta penetraron los dengues, sabrosuras y sandungas con las que
se calificaron los términos de expresión de la contradanza y la guaracha.
Debió ser igual para la habanera. La
habanera es el nuevo producto que surge de la transculturación de elementos
musicales y orales. Por parte de España, los
instrumentos de cuerda pulsada, fundamentalmente la guitarra que,
como instrumento armónico acompañante usaron negros y blancos, criollos,
cubanos. Además el idioma castellano que prestó “los elementos esenciales
del verso románico que venían a sustituir el papel de las combinaciones
cuantitativas de la métrica clásica [...] de una parte en la disposición
formal del número de sílabas, de la rima y de la estrofa, y de otro
en el orden interior de los apoyos rítmicos” [Navarro, op cit] para definir la relación acentual texto-música, comprometiendo
también el ritmo instrumental del acompañamiento con los modos de tañer
rasgueados y punteados de la música popular española. Por
la parte de los grupos de esclavos libertos de distintas etnias africanas,
la habanera, la guaracha, la contradanza, y también los minuets afandangados,
los lanceros acriollados
y toda otra música que ellos ejecutaran, recibieron los calificativos
anteriormente dichos de expresar con dengue y con sandunga
toda la gracia criolla que distinguió a nuestra música nacional, en especial
la habanera. En
el origen de este estilo de canción cubana, no pueden separarse caracteres
genéticos tan estrechamente vinculados para decir con simpleza si aquel
es negro o blanco, español o africano. En el espacio de tiempo en el que
la habanera se integra como producto nacional y se desarrolla, hay una
serie de factores que posibilitan su expansión por otros territorios que,
aunque también están en un
proceso de transculturación
creando nuevos productos culturales con elementos antecedentes similares
han surgido géneros de canción diferentes. Esto mismo ocurría en Cuba,
donde se definía como canción cubana aquella de mayor lirismo en sus textos,
elaboradas sobre una métrica de tres o cuatro tiempos, con versos endecasílabos
de un ardiente romanticismo, textos ingenuos, candorosos, dolientes, con
melodías llenas de adornos, de cercana influencia europea. Dentro de estos
estilos de canción se conoció el que ya a finales del siglo se le llamó
bolero --que nada tenía que
ver con el bolero español, danza bailada en tres por cuatro--. El bolero,
con textos más sencillos, ocuparía poco a poco el lugar de la canción
patriótica que habían tenido algunas habaneras, y se incluyó en casi todas
las zarzuelas cubanas de fin de siglo. La
habanera pues, luego de ser divulgada por compositores eruditos como Sebastián
Iradier, Eduardo Sánchez de Fuentes y los franceses Bizet, Lalo y Saint
Saens, siguió el camino del arte lírico.
EXPANSION
DE LA HABANERA La
estrecha relación migratoria que se produjo entre las capitales latinoamericanas
trajo como consecuencia que muchos géneros cantables y bailables tuvieran
elementos comunes, más si partimos del presupuesto de que en todas estas
capitales se recibían las mismas influenccias europeas por vías y portadores
similares. El
regreso de canciones y danzas americanas hacia la metrópoli española iba
enriquecido con caracteres que las
alejaban de su hispánico origen para identificarse con nombres locales
americanos. Los
musicólogos españoles que han estudiado este proceso le han llamado cantes
de ida y vuelta, basándose en
los cambios de naturaleza varia que sufren los géneros que han
viajado a distintos países y han regresado con características nacionales,
algunos con diferencias notables. Al
respecto dice D. Manuel García Matos: ...”por los primeros decenios del
siglo pasado [XIX] ... muéstranse visibles indicios de haber arribado
a España procedentes concretamente de Cuba, varias especies de cantos
propios de esa hermosa Isla, como el punto guajiro, la décima
[a lo cubano, puesto que de mucho antes la décima, como el trovo,
eran bien sabidos en España desde donde pasaron a América], el tango
y la canción habanera”. La
imprecisión de la fecha de aparición de la habanera,
por la poca documentación que poseemos en Cuba, sobre todo en ediciones,
hace tomar como inicial “El amor en el baile”, publicada en l4l, pero
D. Manuel García Matos recuerda que “Sebastián Iradier, nacido en 1809
y fallecido en 1865, vivió en Cuba algún tiempo, escribiendo no pocos
tangos y canciones habaneras cuyos subtítulos en las ediciones que se
hicieron en Barcelona dicen, según los casos: Tango americano,
canción habanera, canción americana, habanera, poniendo
sobre la clave: aire de tango
y agrega que “todos esos cantos son de corte similar, estilo
y ritmo, incluso, al tan famoso de La Paloma”. Considera, por ende, que
tango y habanera son la misma cosa, y con respecto al momento de auge
dice que “por doquier invade la habanera los salones de baile y habaneras
y tangos componen los músicos pródigamente”. Por ello no es de extrañar
que hayan estado presentes en las zarzuelas españolas desde la mitad del
siglo XIX y que ellas las hayan regresado a Cuba. |